Aquella noche había sido muy dura para los dos, los Haltekos habían atacado sus huertas y había matado a su ganado.Ellos, como pastores y vigilantes tuvieron que combatir a esas enormes bestias peludas que parecían lobos, a no ser por su tronco de mono y cola de león.
Su compañera despertó lentamente y se incorporó.
--Buenos días, Silva...-- Dijo ella con una amplia sonrisa-- Vaya nochecita...
La miró de arriba abajo. Nunca lo había pensado pero ella, a la luz del alba resultaba bastante atractiva.
--Buenos días. -- Retiró la mirada-- Cierto, demasiado movida...
--Malditos Haltekos.-- Murmuró-- Son almas del Diablo.
Silva se levantó lentamente y le tendió la mano a su compañera para ayudarla.
--Ya conoces la leyenda, fueron los sirvientes del Diablo en guerras de Tirka.
Ella cogió la mano con mucho gusto y se levantó impulsándose contra el suelo. Sonríe y le pregunta:
--Cierto. Por cierto, ¿cómo llego al poblado de Hunra?
Silva alzó una ceja.
-- ¿Por qué quieres saberlo?
Se la vio dudando y miró a otro lugar de la cueva, creando un silencio incómodo.
-- ¡Por nada!-- Saltó ella de repente-- Solo quiero ir a ver a unos familiares.
Silva resopló, no la creía:
-- Bueno, si es lo que quieres... Sigue recto hasta llegar a la colina Moketa y la atraviesas, a una jornada encontrarás el poblado.
Ella se dirigió a la salida, se detuvo justo antes de salir y, sin girarse, dijo:
-- Gracias, muchas gracias...--Dijo con voz algo débil-- Adiós, majo.
Él le dijo adiós también y ella se fue, cabalgando en su yegua baya hacia el horizonte.
Él también se fue y no supo nada más de esa chica sin nombre.
Dos años más tarde se enteró de que la chavala había ido a morir a aquel lugar y que había dejado una nota:
Cuando aquí cae una muerte, en otro lugar nace una vida. Cuídala, puede que sea mi alma.
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